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Sobrevivir a una violación para contarlo

“Ni ni tus hermanas sois el inconveniente, vosotras sois una parte de la solución. No sois víctimas, sois sobrevivientes”. En el momento en que la jueza de norteamérica Rosemarie Aquilina pronunció estas expresiones tras percibir a 156 mujeres contar constantemente los abusos que vivieron por la parte del exmédico Larry Nassar, la prensa en todo el mundo reaccionó tal y como si se tratase de una anomalía en el sistema.

Lo extraño fue que la jueza escuchó atenta y respetuosamente los testimonios, reconoció la valentía y aptitud de transformación en todos y también averiguó sobre los hechos evadiendo el morbo. Sin lugar a dudas, eso fue una novedad en el régimen de la crueldad.

Además puede ser una ocasión para buscar respuestas a estas cuestiones:

  • ¿Cómo se escucha a las víctimas?
  • ¿Qué valor tiene su palabra?
  • ¿Cómo llevar a cabo de la demanda una utilidad de transformación y no un trámite burocrático?
  • ¿Cómo hallar que la empatía, la seguridad y el precaución estén presentes en el régimen de las situaciones de crueldad?
  • ¿Cómo defendernos de la crueldad de comentarios anónimos, críticas prejuiciosas y reacciones aún más violentas que las que tienen dentro las demandas cuando se hicieron públicas y qué tienen la posibilidad de llevar a cabo los medios para distinguir el espectáculo morboso del régimen respetuoso de la vida.

Todas estas cuestiones emergen de la vivencia compartida de reflexionar tácticas para convivir en un planeta que se composición de manera beligerante y, al unísono, guardar el deseo de soñar otros mundos probables.

Plantearlas, y quizás responderlas, supone ofrecer valor a la reflexión colectiva, a la práctica del acercamiento y la construcción de seguridad. Además son la consecuencia de una resolución, la de combatir mi demanda.

Escoger el instante de charlar

Fue en un programa de radio donde hacía una sección semanal sobre crítica cultural con visión de género. Aquella semana mi intervención era sobre cine y charlaría de una película que contenía numerosas situaciones de violaciones a mujeres.

Con la producción del programa y las cronistas que lo conducían, nos interesaba comprobar el imaginario que se pone en desempeño para representar esa forma específica de crueldad. Por otro lado, esa noche precisaba poner en una situación comprometedora mi voz, la dimensión personal del tema.

Tenía el privilegio de poder seleccionar el instante exacto y el sitio correcto. Veinte años después, al fin lo había conseguido. A los 12 años había decidido silenciar. Cuando menos enfrente de quienes no iban a defenderme ni ser solidario, ni muchísimo menos accionar consecuentemente.

Eran las fiestas del pueblo, aunque o sea anecdótico. Algún ámbito es válido para todos los que ejercitan la crueldad. Alén de los datos, lo que pasó fue que no pude evadir estar sola con tres hombres a los que conocía y que me llevaban más de veinte años, a numerosos quilómetros del centro de la juerga y de mi casa, en la mitad de un paisaje de sueño, entre piedras y montañas.

Deseaban sexo. Me negué y deseé irme del sitio hasta el momento en que comprendí que no iba a llegar lejísimos caminando por el campo mientras que tenían vehículo y conocían el territorio.

Tuvieron sexo, uno cada vez, frecuentemente. Se tenían asco entre . Empleé distintas botellas de refrescos para enjuagarme porque ninguno deseaba hallar restos del otro.

Jamás lloré. Inclusive me reí de sus rechistes y de los instantes donde debían dejar la labor porque el cuerpo ahora no les daba para más. No tenían fuerzas suficientes. Y no les iba a ofrecer las mías.

La revictimización además es crueldad

Estuvimos muchas horas, me llevaron de vuelta a casa en el momento en que amanecía. Recuerdo ver el sol después de las montañas. Mi familia había hecho la demanda. Dos policías estaban coléricos y cansados. Me preguntaron si me habían secuestrado. ¿Dónde me había metido toda la noche? Estoy bien, dije. No iba a decir nada más. Solo deseaba irme a casa.

Además, ¿quién iba a escucharme?, ¿el policía al que un hace un tiempo había preguntado unas cosas en un puesto en la carretera y aprovechó la ocasión para tocarme los pechos?

Todos y cada uno de los días pasábamos con papá en coche por ahí y saludábamos por cortesía. No era capaz confiar en la policía. De mi familia podía aguardar entendimiento mas decidí que no iba a encararlos con algo que misma solamente podía conducir. Y no confiaba en nadie.

De los meses que prosiguieron recuerdo la íra, la furia y el temor. Solamente dolían mas sabía de mis lesiones. A lo largo de años me concentré en que no se notara. Todo cuanto oía y veía sobre violaciones en cine, diálogos, literatura, todo aquello se centraba en las vidas arruinadas para toda la vida.

¿Para toda la vida? Me llevó un largo tiempo comprender que la revictimización es crueldad.

La oportunidad de regresar a confiar

Hoy sí confío, como confié aquella noche en la radio. Confío en las redes de precaución donde voy sanando y me hago fuerte, en los movimientos sociales que se expresan, convierten y dan sentido colectivo a la palabra demanda.

Confío en mí.

Y confío en las amigas que llamo en el instante en el momento en que huelo la trampa de preguntarme por qué razón ofrecer testimonio si lo mío no fue tan grave, si pude subsistir.

Cómo digo que ser víctima no es habitar un gerundio, que no soy víctima para toda la vida, ni siempre que lo cuento. ¿Cómo conducir esa culpa segrega de ser sobreviviente?, ¿qué importa de este testimonio?, ¿será que el silencio algunas veces sí nos asegura?, ¿y si mi voz es una manera sutil de perpetuar la amenaza?

No conozco estas respuestas, mas acepto el compromiso de contarlo todo.

Siempre.

De nuevo.