Saltar al contenido

¿Quién es tu amigo invisible?

La maestra miró con gratitud al único alumno que había acudido aquel viernes a la facultad de mayores. Desde el instante en que se había jubilado, gozaba dando clases como emérita a personas que jamás habían tenido ingreso a la filosofía.

Aquella tarde de lluvias torrenciales, de la docena de alumnos que proseguían sus clases, solo había entrado en el sala Abel, un viejo taxista que cinco años atrás había cedido el coche y la licencia a su hija más grande. Abel miró, abochornado, los asientos y mesas desiertos a su alrededor.

—Se ve que nos encontramos solos –murmuró, sospechando que se suspendería la clase–.

—Disculpa, mas te debo llevar la contraria, Abel –restituyó la maestra–. Aunque seas el único alumno que vino, si me fuera en este preciso momento y te dejase en el sala, no estarías solo. Hay alguien más.

Un consejo sufí

Abel se quedó mudo al comienzo, mas por último preguntó:

—¿Significa que hay aquí un espíritu? ¿La existencia de alguien que vivió bastante hace un tiempo?

—Si hubiese alguien de esta forma, dudo que fuera con la capacidad de percibirlo –respondió –. Bajo mi punto de vista, solo ve espectros quien está convencido de su vida. Y no sé si hay vida tras la desaparición.

—Comprendo –ha dicho Abel, encantado de poder discutir con la maestra–. ¿A qué tiene relación entonces con que hay alguien más?

—Si te dejo solo diez minutos, que es lo que haré, quizás sepas a tu amigo invisible.

El taxista abrió los ojos, intentando de comprender a qué se refería la maestra, que siguió:

—Este amigo invisible siempre está contigo, aunque frecuentemente no te des cuenta, a raíz del clamor y de las dispesiones de todo el mundo. ¿Te atreverás a procurarlo, en el momento en que baje a la cantina a buscar dos cafés? Hoy invito para premiar tu asistencia.

Nubes y claros. ¿Qué tiempo hace en ti?

—Claro que me atreveré –restituyó complacido–. Y, reticente a tutear a la maestra, le preguntó:

—Mas, ¿puede darme alguna pista más?

—Sí, ese amigo te prosigue a todas y cada una partes para confortarte, aunque no seas con la capacidad de verlo.

—¿Es entonces una suerte de médico?

—Algo de esta forma… –restituyó orgullosa de su alumno–. En este momento te dejo un instante meditando sobre esta pregunta: ¿Quién es ese amigo invisible que jamás te deja?

Mencionado lo anterior, salió de la clase. Abel se sintió incómodo, como en el momento en que lo castigaban de pequeño por no atender a los profesores.

Tras respirar hondo, se percató de que ahora no escuchaba el fragor de la lluvia.

Súbitamente le asaltó una tranquilidad ignota para . Creyó que en su medio siglo manejando el taxi, muy ocasionalmente había gozado de un instante como aquel. En el momento en que no daba charla al cliente, aparecía algún conductor que perdía los nervios y comenzaba a chillar.

De regreso a casa, rendido por tantas horas al volante, su mujer tenía cosas que contarle y sus tres hijos le solicitaban que les ayudara con sus deberes. De superiores, les había hecho a todos de taxista para realizar sus mudanzas.

En la mitad de estos pensamientos, la maestra regresó con dos cafés con leche. Abel le dio las debido al tomar el de el entre las manos.

Entonces, preguntó:

—¿Has descubierto ahora quién es tu amigo invisible, ese que te acompaña a todas y cada una partes, aunque no te des cuenta, y calma tu alma?

Abel sonrió satisfecho y respondió:

—Sí, es el silencio.