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Los niños no llaman la atención, reclaman atención

En el ámbito la de crianza más tradicionalista, en el momento en que una criatura exhibe algún accionar indebido (desde la perspectiva de sus progenitores o bien del ámbito familiar), se acostumbra oír la habitual cita de “este niño está llamando la atención”.

La expresión “está llamando la atención”, siempre usada en tono peyorativo, desea ofrecer a comprender que el niño es un antojadizo sin ningún género de control y que solamente busca con este “mal accionar” es que sus progenitores le hagan caso.

Siguiendo este ideario clásico, los mayores concluyen, entre otras cosas, que si un hermano más grande pega al pequeño lo realiza porque está receloso o bien que si una joven procura suicidarse, su intención es la de llamar la atención de su ámbito.

Raras veces se ahonda en las auténticas causas de estas “llamadas de atención”. Escasos mayores (incluidos expertos relacionados con la niñez) entienden que los pequeños y jovenes con su mal llamado “mal accionar”, lo que verdaderamente están tratando llevar a cabo es comunicar, hacer llegar así, sus pretenciones genuinas y lícitas.

En estos instantes de tensión, los mayores jamás se esmeran por empatizar con pequeños o bien jovenes, para validar, sin juicio, sus conmuevas y también intentar abarcar cómo se sienten verdaderamente o bien qué requieren de .

Si nos aplicáramos para ponernos en su situación, en vez de juzgarles desde nuestro pedestal adultocentrista, nos percataríamos de que siempre, después de las formas de proceder disruptivas de los pequeños, hay un mensaje encubierto.

No se “llevan mal” por capricho, sino están demandando nuestro auxilio y nuestra asistencia. Se sienten mal, inseguros, y están demandando a los mayores que les cuidan que cumplan su función de protección y acompañamiento en el difícil planeta que les ha tocado vivir.

Los bebés solicitan asistencia

En nuestra niñez, para subsistir, requerimos el precaución y la atención de nuestros progenitores. Nacemos completamente indefensos y somos la clase que más tarda en hallar autonomía. Un potro o bien un cervatillo ahora están trotando a los pocos minutos de su nacimiento, mas el hombre requiere años para lograr valerse por sí solo.

En este desarrollo de maduración, resulta escencial sentir que los mayores que están a lo que nos rodea nos cuidan y nos presentan un espacio seguro en el que poder medrar y desarrollarnos.

En el momento en que un bebé precisa asistencia o bien cuidados de sus progenitores (cariño, comida, abrigo, comunicarles su mal, sus temores, etc.) llora para llamarles. Si sus cuidadores asisten prestos y complacen sus pretenciones, el pequeño se relajará, mas si no es atendido, procurará otras formas para llamar la atención de sus superiores.

En el momento en que el niño se otorga cuenta de que sus progenitores no le asisten en el momento en que les solicita asistencia y no se encargan de , realiza otro género de tácticas para recibir el auxilio que requiere.

Si un niño de dos o bien tres años solicita asistencia o bien quiere jugar con su padre, mas está ocupado con el PC y no le presta atención, su hijo probará a llamarle numerosas ocasiones. Pasado un corto transcurso, es posible que el pequeño, fallido por no recibir la asistencia que requiere (en un caso así atención y cuidados), finalice llorando, chillando y hasta lanzando juguetes al suelo.

En el peor caso, es posible que justo en este momento de tensión, el pequeño se caiga, se realice daño y llore aún más fuerte. Ahora mismo, el padre se va a levantar de la mesa del PC y asistirá a atender y consolar al niño dolorido.

En el final, el padre deja lo que hacía para encargarse de su hijo, mas si se repiten habitualmente ocasiones de esta clase, puede terminar creándose un patrón insano de relación del niño con sus superiores. El mensaje inconsciente que queda es que sus pretenciones no son atendidas en un primer instante y que precisa llamar la atención de sus progenitores de manera más contundente.

La situacion de Marta

Hace unos años, una pareja vino a verme para consultarme por inconvenientes de accionar de Marta, su hija mediana. La pequeña se encontraba todo el día de mal humor, chillaba y, en el momento en que no se hacía lo que deseaba, pegaba a sus hermanos. Sus progenitores no sabían cómo enfrentar la situación.

Averiguando sobre la activa familiar, me explicaron que la hermana más grande era muy capaz y que siempre acaparaba todas y cada una de las diálogos de los progenitores y de la familia con sus logros. Además, la pareja terminaba de tener un bebé, por lo cual este era el centro de todas y cada una de las miradas y mimos de la familia.

Tras el nacimiento de su hermano, Marta, la mediana, ni tan pequeña como el bebé, ni tan capaz como la hermana más grande, se había quedado en una suerte de lote de nadie, donde se sentía perdida, descuidada por todos y en recurrente frustración.

Nuestro padre me reconocía que, en el momento en que le hacían algo de caso a la mediana, su accionar mejoraba claramente. Como observamos, y tambiénl inconveniente del “mal accionar” de Marta no se encontraba en , sino más bien en la activa familiar, en el que la pequeña no era suficientemente vigilada y atendida.

El trabajo con la familia se centró en buscar la manera de regresar a integrar a Marta en la activa familiar a fin de que además tuviese su sitio y se sintiese atendida y escuchada.

Mudar de criterio

Debemos mudar el criterio negativo del niño antojadizo que se porta mal para llamar la atención por la iniciativa más sana y edificante de empatizar para abarcar qué nos está deseando hacer llegar con su accionar.

Vamos a hablar, entonces, de pequeños que “demandan” (en vez de llamar) atención porque verdaderamente tienen todo el derecho de llevarlo a cabo. Reclamar es reivindicar algo legítimo que merecemos y nos han quitado.

Los mayores somos los que debemos estar alerta a eso que requieren los pequeños para sentirse seguros y protegidos y no precisen formas disruptivas de hallar que les atendamos.