Saltar al contenido

Felizmente ocupado

Jorge se levantó de la mesa y se asomó a la ventana a respirar. El corazón le latía rapidísimo y un sudor frío le empapaba la nuca y las manos. No era la primera oportunidad que padecía una crisis de angustia, mas esta vez le había asaltado mientras que se encontraba solo en su despacho, sin más ni más presión que la bandeja de entrada de su correo electrónico.

Llevaba más de una hora repasando los mensajes destacables que debería haber contestado hacía días. Tras remover todos y cada uno de los prescindibles, le quedaban nada menos que 183. Después había inspeccionado la agenda y había sentido vértigo. Era irrealizable que lograra llevar a cabo todas y cada una aquellas llamadas y gestiones en una jornada laboral.

El misterio de Hawái

En aquel instante se aproximó Imanol, un letrado recién licenciado que hacía prácticas en el bufete como pasante. Nadie sabía cuál era la función precisa de aquel chaval, mas caía bien a todos. En un ámbito de jóvenes prematuramente avejentados y mujeres atacadas por el estrés, sus gracietas y ocurrencias eran un soplo de aire limpio.

—¿Está bonita la calle? –le preguntó a Jorge.

—Diría que está horrible, como siempre. No hay sitio más feo en esta localidad.

—Es viable –rió Imanol–, mas en el bar de abajo hacen una paella increíble.

—¿Enserio? Aquí todos aseguran que su cocina es una bazofia.

—Ahora no. Vino un cocinero nuevo que se sale. ¡Baja conmigo a comer y te lo pruebo! Además, estás más blanco que la leche.

Jorge aceptó la convidación del pasante, que, con su rápida cháchara, durante un momento le había hecho olvidar la ansiedad que le tenía paralizado. Por otro lado, mientras que bajaba con en el ascensor comenzó a arrepentirse.

Con el trabajo juntado que tenía, lo propio podría haber sido encargar una pizza y apagar ciertos varios fuegos que tenía encendidos. Además, seguramente la paella le provocaría una digestión lenta y, por la tarde, otra vez en el despacho, la somnolencia no le dejaría llevar a cabo nada. Otra día perdida. Con ese ánimo entró en el bar con Imanol, que comenzó a bromear con la camarera y con dos usuarios habituales que lo saludaron efusivamente.

La mina del tesoro

Los dos abogados se pusieron a comer en la mitad del bullicio de la cantina, llena hasta los encuentres. El más joven enseguida captó el tormentoso humor del otro.

—Mas bueno, ¿y a ti qué te sucede? ¿No está buena la paella?

—Seguramente sí, mas tengo muchos nervios en la barriga que no puedo gozarla. Es más, se me ha quitado el apetito –ha dicho aparcando los cubiertos al costado del plato.

Sin salir de su desconcierto, Imanol le preguntó qué era lo que lo angustiaba. Jorge le explicó con amargura todas y cada una de las intranquilidades de trabajo que lo tenían totalmente negado. Había muchos frentes por atender que no sabía por dónde iniciar. El pasante escuchó con mucha atención su relato. Después se quedó unos segundos pensativo mientras que rebañaba el plato con un trozo de pan. Por último ha dicho:

—¿Quién diablos es tío César?

—Un familiar mío que dirige el bar de un camping de la costa.

Un insoportable reflejo

Jorge no daba crédito a eso que oía. No solo perdía el tiempo con el novato de la oficina, sino además este pretendía arreglar sus inconvenientes con el consejo de un camarero de camping. ¡El colmo! No obstante, ahora era bastante tarde. Estaba mortal, el día se encontraba perdido y por cortesía hacia el pasante no le quedaba otro antídoto que escucharle.

—Mientras que estudiaba Derecho –comenzó Imanol–, cada verano asistía a tío César tras la barra. Es un camping con un ámbito muy familiar; sabías qué deseaba cada cliente inclusive antes que te lo solicitara. Un trabajo muy relajado, excepto una noche que se repetía cada temporada.

—¿Y qué pasaba esa noche?

—Un holandés que venía cada verano con sus amigos montaba un concierto de rock con la piscina. Aquello se llenaba con centenares de usuarios, del camping y de fuera. Y proseguíamos siendo dos, tío César y , para atender a la marabunta que se agolpaba en la barra. La primera oportunidad que me hallé frente todo ese lío me proporciona un soponcio. Me quedé tan blanco como en el momento en que te encontré esta mañana…

—¿Y cuál era el misterio de tu tío para atender a la marea humana? –le cortó Jorge. Imanol sonrió con satisfacción antes de contestar:

—Me ha dicho: “Cuanta más gente haya, más retardado debes ir”. Primero me quedé a cuadros, mas enseguida comprendí a qué se refería. En el momento en que tienes bastante trabajo, no te puedes aceptar equivocarte. Entre otras cosas, si un cliente, tras aguardar quince minutos, te solicita un cubalibre y le llevas una cerveza, no podrás enmendar el error porque va a haber otra gente que te va a estar atosigando. Y si pierdes los nervios y se te cae una bandeja al suelo, entonces estás perdido. En el momento en que vas hasta arriba de curro…

—No hay tiempo para enmendar errores –completó el letrado–, lo comprendo.

—De ahí que resulta conveniente ir tranquilito mas sin dormirse: primero uno, después el otro, ahora el tercero… y de esta forma hasta el desenlace. En vez de inquietarte, te ocupas de las cosas, eso es todo. De esta forma se te pasa el momento volando y también llegas a entretenerte.

¿Sin tiempo para nadie? Prioriza tus relaciones

Impresionado por aquella lección tan simple y llena de los pies en el suelo, esa tarde el letrado decidió poner en práctica el misterio de tío César. Tras comprobar fugazmente los correos que habían entrado mientras que comía con el pasante, decidió cuáles eran los tres más destacables y se aplicó sin demora en responder el primero. Lo logró con las expresiones justas, para lograr emprender acto seguido el segundo. En el momento en que llegó al tercero, se sintió lleno de energía y, de forma simultanea, con una deshabituada tranquilidad.

A las seis de la tarde, se percató de que media parta de los temas estaban resueltos. Agotado y feliz, Jorge decidió que era hora de regresar a casa. Mañana será otro día, pensó. Y había aprendido la lección: quien se encarga de sus cosas no solo optimización su historia, sino, además, deja de preocuparse.