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Cuando el cuidador se convierte en depredador

Tras la convulsión popular que vivimos por la sentencia del juicio de “la manada”, se generó un movimiento, más que nada mediante las comunidades, en el que varias mujeres decidieron contar sus traumáticas vivencias de abusos sexuales.

Muchas de han roto con años de silencio y obscuridad para, al fin, sentirse escuchadas y comprendidas. Inclusive, aquellas que no se atrevían a relatar públicamente sus vivencias, contaron con el apoyo de otras mujeres que las publicaban y propagaban de manera anónima bajo el hashtag #yolocuentoporti.

Muchas de estas terroríficas historias contaban asaltos sucedidos en el momento en que eran pequeñas en su lugar de vida, perpetrados de parte de algún familiar, ratificando la pavorosa estadística de que la mayor parte de los abusos sexuales a pequeñas tienen sitio en la familia a manos de un familiar. Los datos charlan de una auténtica epidemia:

Además, estimando que varios de las situaciones no se denuncian, tenemos la posibilidad de imaginar que la verdad resulta aún considerablemente más espantosa y que estas cantidades han de ser considerablemente más altas.

Abusos sexuales en la niñez: un pacto de silencio

Al relatar los abusos que de pequeñas padecieron en sus viviendas, estas mujeres se combaten, aparte de a un doble tabú popular (contar una violación y de parte de un familiar), a un profundo trauma. De igual modo, tienen que enfrentar no solo el profundo mal y el daño físico y sensible de haber sufrido una violación, sino más bien además, la gran convulsión de ser atacadas de pequeñas en un ámbito que consideraban seguro y, además, por un integrante de su familia que, en teoría, debía estar ahí para cuidarla y cuidarla de todo riesgo.

¿Y los progenitores dónde se encuentran?

La sensación que vivieron de pequeñas estas mujeres fue de total desamparo. La gente que debían haberlas protegido (sus progenitores), no lo hicieron.

En algunas ocasiones, posiblemente estos no se enterasen de nada por ser un hecho fortuito (la pequeña calló por una mezcla de temor al atacante -siempre coaccionan a sus víctimas- y vergüenza o bien por carecer de seguridad en sus progenitores) mas, en muchas otras oportunidades, los progenitores o bien los causantes de las pequeñas miran hacia otro lado en el momento en que sospechan que hay algún género de abuso de parte de un familiar.

Algunas veces, por no confrontar al abusador (frecuentemente nuestro padre, abuelo, hermano, tío de la pequeña), otras, porque le quitan consideración a los hechos o bien porque no desean/tienen la posibilidad de enfrentar la verdad (mamás/progenitores traumados que fueron abusados en su niñez, adicciones de uno o bien los dos progenitores, desestructuración familiar, abusos y pésimos tratos recurrentes son ciertas causas por las que las mamás/progenitores no toman medidas dados estos abusos).

Las secuelas sicológicas para las víctimas

El resultado de esta conducta evitativa, frente al daño recibido por su hija, es que la pequeña se sintió dejada y sola con su mal (sensación que aún puede perdurar de adulta). Además, la pequeña experimentó a lo largo de su niñez una enorme sensación de pánico (perdió la seguridad del lugar de vida y la protección de sus superiores) y ha arrastrado hasta su edad avanzada, un profundo y desolador trauma realmente difícil de sobrepasar.

Si el abuso se genera de manera continuada, las implicaciones sentimentales y físicas son asoladoras para la salud de la pequeña, logrando desarrollar horribles consecuencias físicas y gravísimas anomalías de la salud mentales.

Este vacío que hallan las pequeñas que han sufrido violaciones en el ámbito familiar, implica además otra malvada consecuencia, muchas de , frente al silencio o bien la pasividad de sus progenitores, empiezan a albergar sentimientos de culpa y terminan por dudar de si mismas.

Abuso sexual infantil: ayúdales a escapar del infierno

Frecuentemente, estas pequeñas acaban autoconvenciéndose de que estaban magnificando los hechos y terminan negando la verdad que han vivido y, lo que resulta horriblemente dañino, negando además su cuerpo y sus conmuevas.

Las inquietudes que tiene la víctima sobre su vivencia son aún superiores en las situaciones en los que no habido penetración. Las leyes, los jueces y la sociedad por norma general, tienden a charlar de violación únicamente en el momento en que hay penetración, dejando en un segundo sitio otro género de abusos sexuales como tocamientos o bien rozamientos.

Por esta razón, muchas chicas que han sufrido abusos, aunque haya sido de forma continuada durante varios años, tienden a quitarles consideración y también, inclusive, no se aprecian legitimadas a protestar o bien a denunciar los hechos ahora que (bajo su criterio) otras lo pasaron bastante peor. No obstante, la percepción interna de la vivencia como algo violento y humillante, y los efectos a la larga del trauma llegan a ser tan graves como en el momento en que existe penetración.

Sanar el trauma de la violación: la situacion de Daniela

En mi consulta, lamentablemente, muchos son los casos que he popular de mujeres que han guardado, a lo largo de años, cuentos de violaciones perpetradas en el lugar de vida. No lo contaron en el instante del hecho por miedo a no ser escuchadas o bien, inclusive, a que las culparan a de lo ocurrido.

En ocasiones, estos cuentos son tan lacerantes que la víctima procura borrarlos de su cabeza para atenuar el padecimiento de rememorar todos los días su trauma. En estas situaciones, los hechos están ocultos a la conciencia, mas el inconsciente, para sugerir ocasiones de sanar el trauma, procurará, hasta el momento en que lo consigua, una y otra forma de sacar a la luz lo sucedido.

Uno de estas situaciones fue el de Daniela, que asistió a mi consulta en una época de su historia donde padecía continuas crisis de angustia. Sin entender realmente bien la razón, vivía por siempre bajo muy altos escenarios de ansiedad y con un recurrente temor, del que tampoco conocía su origen, a tener relaciones con la multitud.

“Abusó de mí de los 9 a los 12 años. Era nuestro misterio”

Entre las ocasiones que más angustia le provocaba era la continua sensación, más allá de que vivía sola, de que había alguien en su casa. Por las noches, llegaba a sentir cómo una presencia, de la que escuchaba hasta el sonido de su respiración, se sentaba a los pies de su cama. era un individuo muy racional y no creía en espectros, mas lo que percibía era real y se sentía totalmente desconcertada.

Durante sus sesiones, las imágenes fueron llegando y Daniela fue poniéndole cara y cuerpo al espectro que la visitaba por las noches. Recordó que entre los 5 y los 8 años, su abuelo vivió con en el hogar.

Muy frecuentemente, utilizando la obscuridad de la noche, este entraba en su habitación, se sentaba en su cama para, acto seguido, toquetearla y frotarse contra . La pequeña Daniela, en esos instantes, se quedaba paralizada, denegada por el temor, mientras que su corazón latía a mil por hora mientras que escuchaba la respiración de su abuelo muy cerca de .

Daniela jamás se atrevió a contarle nada a sus progenitores. Aunque sabía que aquello no se encontraba bien, no creía que la fuesen a abarcar ni a respaldar, tal es así que debió guardarse para sí el mal, la angustia y el temor que sentía frente su abuelo.

Recordando estas ocasiones, Daniela ha podido abarcar el origen de sus miedos y de la presencia que sentía por las noches. No era un espectro, sino más bien la manera en la que su inconsciente le procuraba conectar con sus recuerdos traumáticos.

Anorexia y bulimia: recobrar el control tras el abuso

Desenmascarar al verdugo y poner la realidad sobre la mesa, es la mejor forma de sanar el trauma de la violación. De ahí que creo tan considerable el movimiento de acompañamiento a la muchacha violada por la “manada” y la sororidad mostrada por las mujeres que asisten a muchas otras a redactar y comunicar sus cuentos de agresiones y violaciones. Este ha de ser el comienzo de una ola incontenible que borre terminantemente al patriarcado de la sociedad de la cual formamos parte.