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Contención mecánica: un eufemismo cruel

En el momento en que ingresé en el ala de psiquiatría del hospital, había correas en cama de mi compañera de habitación.

Otras chicas me contaron como, en psiquiatría infantil, las anudaban y también inmovilizaban por puros asaltos de ansiedad; y en psiquiatría adulta las abandonaban, inmóviles, a lo largo de más de un día y en situación de aislamiento sin que pudiese ir nadie a visitarlas.

Entender esto me logró percatarme de que lo que para mí había sido entre las vivencias más traumáticas de mi vida para otras habría sido un golpe de suerte. Porque a mí nadie me anudó, aunque una enfermera me persiguiera al verme plañir y me afirmara que parecía un bebé.

Aunque, tras contarle que otro tolerante me había tocado las lolas, su única respuesta fuera: “la próxima vez, chilla”. Aunque la única opción a pintar fuera andar por todos lados del pasillo con la bata blanca y la mirada ida, como en las películas.

Recientemente, un tolerante siquiátrico ingresado en una Unidad de Hospitalización Siquiátrica de A Coruña moría mientras que se encontraba contenido mecánicamente.

Lo que a determinados puede semejarles una salvedad, un caso apartado, un fuera de contexto a otras nos toca donde más nos duele por sonarnos familiar la novedad. Y sucede que las contenciones mecánicas, atar y también inmovilizar con correas comentando prominente y claro, se prosiguen usando y considerablemente más de lo “primordial” (si en algún momento son verdaderamente primordiales).

¿Por qué razón me atrevo a proponer que las contenciones mecánicas, esa evolución de la camisa de fuerza que tan de película de terror se nos hace aparición, no son primordiales hoy día? Porque, en países como Islandia, están prohibidas por ley.

Esta prohibición se les antoja a varios médicos, enfermeros y siquiatras del Estado español como un sueño lejano, ya que falta personal, faltan medios, faltan modelos como el de diálogo abierto aplicado en Finlandia (donde te atienden en tu casa y se reúnen con tu comunidad, véase familiares, amigos, pareja…).

Hacen falta novedosas proposiciones en salud psicológica para remover las contenciones mecánicas, hacen falta inversiones. Mas me atrevo a proponer, además, que frecuentemente es exactamente el mismo personal el que evalúa precisa una contención mecánica en el momento en que hay otras vías considerablemente más respetuosas para con la persona que podrían ponerse en práctica.

Y sucede que el sistema sanitario mental está completamente anticuado. ingresé en el ala de psiquiatría ilusionada con que me asistirían y salí un par de días después tras amenazar a mi madre con abrirme la cabeza contra una pared si no me sacaban, y aun de esta forma, la psiquiatra que allí me trataba me conminó con llamar a un juez para retenerme contra mi intención.

Porque la psiquiatría, desde sus principios, fué una utilidad de represión y no de cuidados y lamentablemente aún no hemos cambiado eso.

Porque, en el momento en que al fin se encontraba fuera del ala de psiquiatría, justo ingresaban las bandejas de comida y me plantearon regresar un instante para comer con mis compañeros.

Mis progenitores me vieron tremer frente a la oportunidad de regresar allí dentro y entramos al ascensor rápidamente, mas la mayor parte no tienen tanta suerte.