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Amistad sin exigencias

A Javier le encantaba vivir fuera de la región, mas gozar de la calma de su pequeño pueblo tenía un costo: cada mañana debía conducir una hora hasta llegar a su trabajo.

A lo largo del desayuno, había mandado un mensaje a su amigo José Luis tratando quedar con . Hacía tiempo que lo andaba persiguiendo. Recientemente sabía más de por amigos recurrentes o bien por las comunidades que por lo cual habían podido comunicar frente a frente, y esto le molestaba. Justo en el momento en que abría la puerta del coche, recibió la respuesta: “Lo siento, voy muy liado, ahora te voy a llamar…”.

Javier se incordió. Con un ademán belicoso apagó el móvil inteligente. Se encontraba a puntito de ingresar en el coche en el momento en que se percató de que con la puerta del acompañante un entrañable hombre más grande le llamaba la atención. Javier le interrogó con la mirada, y este le preguntó:

—¿Se dirige a la localidad?

—Sí, de esta forma es.

—¿Podría llevarme? He perdido mi autobús…

Javier no tuvo ningún problema. Invitó al hombre a subir al coche y pusieron con rumbo a la localidad. Javier se encontraba ensimismado, todavía insoportable por el mensaje de José Luis, y pasó los primeros minutos sin abrir la boca. Su acompañante rompió el hielo para mencionarle:

—Mi nombre es Max y, si me dejas tutearte, te agradezco bastante que me lleves.

Javier súbitamente volvió a la verdad y se percató de lo descortés que era.

—Disculpa, soy Javier, y siento no estar muy comunicativo. He recibido un mensaje que no me ha dado gusto nada y estoy todavía irritante…

—¿Algo considerable?

—Solo un amigo que no sabe lo que es la amistad.

El comentario quedó flotando en el ámbito. Max lo recogió para hacerle una pregunta:

—¿Cuál fué su pecado?

Javier, sintiendo una particular seguridad con aquel hombre que no sabía bien cómo argumentar, decidió contárselo; cuando menos se desahogaría.

—Vas a ver, Max, mi amigo José Luis y nos conocemos desde hace cierto tiempo. Tuvimos un acercamiento profesional y desde ese momento nos hemos ido observando. Mas soy siempre el que lo persigue, el que procura quedar con , el que ofrece todas y cada una de las ideas. Y no solo no hace nada por remarcar nuestra amistad, sino frecuentemente tengo la sensación de que me ignora. Esta semana le he enviado numerosos mensajes para quedar con y se me saca de encima.

—Y esto te debe decepcionar…

—Sin lugar a dudas. Con todo cuanto hago y combato por nuestra amistad me se ve injusta su actitud, y me molesta su falta de interés.

Max meditó unos momentos, antes de publicar su provocativo mensaje:

—¿Y si resulta que no desea lo mismo que ?

—Disculpa, mas no te comprendo.

—Vas a ver, entre la gente hay amistades muy diferentes: ciertas de bastante contacto, otras ocasionales; ciertas de mucha hondura y otras más superficiales. Y sean como sean esas relaciones, lo sustancial es que solo trabajan si se fundamentan en la más absoluta independencia.

Max dejó que aquella iniciativa aterrizara en la cabeza de Javier y continuó su proposición.

—En toda amistad, en relación se muestran las esperanzas, las defraudes avizoran muy cerca. Y la relación será bien difícil de mantener. esperas de José Luis un preciso nivel de amistad, y es posible que no sea el que quiere. Eso te defrauda y posiblemente no se sienta cómodo. Fácilmente terminará huyendo…

Javier se revolvía frente esa iniciativa. Para , una amistad era una relación de reciprocidad, nada más y nada menos. Max, captando su incomodidad, se apuró a añadir:

—Puedes tener un amigo con el que no compartas más que determinados instantes por año. Y puedes tener otro amigo con el que compartas muchas horas de contacto. La segunda relación no es siempre mejor que la primera; es solo diferente. Porque lo que tienes con el primer amigo es seguramente lo que está cómodo distribuyendo. Y como está cómodo, los instantes que compartáis van a ser genuinos y importantes para los dos.

Javier comenzaba a saber lo que Max le procuraba hacer llegar. Quizás se encontraba forzando su relación con José Luis alén de lo que el otro deseaba, o bien podía. Y eso era un compromiso. No obstante, además sentía que el criterio de amistad llevaba implícito un cierto trabajo por cultivarla. Le preguntó:

—Max, comprendo lo que me afirmas, mas ¿se piensa entonces que nadie debe llevar a cabo nada en una amistad? ¿Hay que dejarlo todo a la accidentalidad de lo que ocurra?

—No, no funcionaría. Las relaciones requieren trabajo, hay que dedicarles tiempo y mimo. Y si nadie hace nada por esa relación, se difumina y muere. Lo que sucede es que ese trabajo no puede ir jamás en oposición a la independencia del otro, no puede forzar lo que el otro desea ofrecernos o bien sencillamente puede ofrecernos, por su historia, por sus situaciones, por ahora en que está o bien por sus ganas.

Súbitamente las piezas encajaron en la cabeza de Javier. Sabía lo que debía llevar a cabo: trabajar sus relaciones de amistad, mas siendo fundamentalmente sensible a eso que la otra persona desease. Este era el punto clave que no había conocido capturar. Llegaron a la localidad y en un semáforo le preguntó a Max:

—De hecho, ¿adónde vas?

—Si me dejas aquí mismo, me va bien.

Max bajó, y en el momento en que ahora había cerrado la puerta, Javier creyó que podría haberle preguntado si deseaba regresar con . Procuró encontrarlo con la visión para llamarlo, mas fue inútil. Había, verdaderamente, desaparecido. Con la sensación de haber vivido un sueño, y frente al semáforo en verde, arrancó hacia su oficina.